Hace unos pocos años, cuando una familia estaba preocupada por la imagen corporal de su hijo, lo habitual era que el tema girara alrededor del acné, de algún comentario puntual o, como mucho, de cierta incomodidad con su aspecto.
Hoy la conversación es otra. Cada vez más familias explican que sus hijos adolescentes viven pendientes del gimnasio, controlan lo que comen de forma rígida, siguen rutinas estéticas estrictas y hablan de su cuerpo con una dureza que antes no era tan frecuente entre chicos.
Algunas madres lo cuentan con sorpresa. Otras, con preocupación. “Ha dejado el básquet, pero no falla ni un día al gimnasio”. “Dice que está flaco, y yo lo veo fuerte”. “No quiere venir a la piscina con nosotros este verano”.
Ni entrenan para competir, ni para jugar mejor a nada. Entrenan para corregirse.
Y eso lo cambia todo.
No es deporte, es construcción corporal
Una de las cosas que más desconcierta a las familias es que, en muchos casos, el gimnasio sustituye al deporte, no lo complementa. Chicos que habían jugado a fútbol, básquet o cualquier otra actividad lo dejan, pero siguen entrenando por su cuenta. Ya no hay partido el sábado ni entrenamiento con el equipo. Hay rutina de pecho, de espalda o de pierna. O sea, entrenan grupos musculares concretos, para aumentar volumen, definir, marcar.
El gimnasio no es el sitio donde hacer actividad, sino que lo importante es el resultado, convertirse en alguien, en cómo se ve.
El entrenamiento orientado exclusivamente a la estética es solitario, repetitivo y dirigido a corregir el propio cuerpo. Muchos chicos empiezan a hablar de sí mismos en términos que antes eran más habituales entre chicas: “estoy flaco”, “me falta”, “todavía no estoy bien”.
Vigorexia y ortorexia: poner nombre a lo que está pasando
Este cambio está relacionado con el aumento de la insatisfacción corporal entre chicos adolescentes. La Encuesta FRESC de Barcelona ya señalaba en 2021 que más de la mitad no estaban satisfechos con su cuerpo, una cifra que había aumentado más rápido que entre las chicas. Cada vez más chicos crecen bajo el mismo mandato corporal, aunque haya pasado mucho más desapercibido. Puedes entender mejor esto en el artículo: Presión estética en chicos adolescentes: un fenómeno invisible (hasta ahora).
En este contexto han empezado a aparecer con más frecuencia dos conceptos que hasta hace poco parecían lejanos: vigorexia y ortorexia.
La vigorexia, también llamada dismorfia muscular, describe una preocupación obsesiva por no tener el cuerpo suficientemente musculado. No depende del aspecto real. Un chico puede tener un cuerpo fuerte y, aun así, sentirse pequeño o insuficiente. Esa percepción empuja a entrenar más, a compararse constantemente y a organizar la vida alrededor del objetivo de ganar masa muscular.
La ortorexia se refiere a la obsesión por comer de forma estrictamente orientada a ese objetivo corporal. La alimentación pierde flexibilidad. Comer deja de estar relacionado con el hambre, el placer o la vida social, y pasa a responder a un cálculo. El “pollo y arroz” que muchos repiten no es solo una broma de internet. Es la expresión simplificada de una relación instrumental con la comida.
Ambos fenómenos comparten la misma base: el cuerpo que tienes no es suficiente.
Un ideal que ya no se limita al gimnasio
Este malestar no se queda en el entrenamiento. También está impulsando el crecimiento de intervenciones estéticas entre hombres jóvenes.
En los últimos años han aumentado procedimientos como el perfilado de mandíbula, que busca marcar rasgos asociados a una masculinidad más dura y angulosa. También han crecido las consultas relacionadas con la altura. La cirugía de alargamiento de piernas, pensada originalmente para corregir problemas médicos, se ofrece en algunos contextos como una opción estética para ganar centímetros.
No es una intervención menor. Implica fracturar el hueso y alargarlo progresivamente durante meses. Que algunos chicos jóvenes se planteen algo así indica hasta qué punto el cuerpo se ha convertido en un elemento central de su valor social. Igualito que ellas.
Lo que señala Ruth Whippman: el coste emocional del modelo masculino
Ruth Whippman, autora de Boymom: Reimagining Boyhood in the Age of Impossible Masculinity, analiza este fenómeno en el artículo «Los chicos lo tienen todo bajo el patriarcado. Menos lo que más necesitan» (New York Times) donde aborda el impacto del modelo de masculinidad dominante en el desarrollo de los chicos. Su planteamiento es que el patriarcado no solo genera desigualdad hacia las mujeres, sino que también limita a los propios hombres, especialmente en el plano emocional.
Whippman recoge investigaciones que muestran que los niños pequeños tienen la misma capacidad de empatía, expresión emocional y necesidad de conexión que las niñas. Sin embargo, a medida que crecen, muchos aprenden que expresar vulnerabilidad tiene consecuencias sociales. Mostrar inseguridad, tristeza o miedo puede afectar a su posición dentro del grupo. Y es que reciben continuamente mensajes explícitos o implícitos que les empujan a mostrarse fuertes, autosuficientes y poco vulnerables.
No es que dejen de sentir esas emociones. Aprenden a ocultarlas.
Y ahí, el cuerpo ofrece una forma alternativa de construir reconocimiento. La fuerza física, el tamaño o la definición muscular son visibles, no requieren explicación y encajan con el modelo de masculinidad esperado. No requieren explicar lo que uno siente.
El cuerpo acaba haciendo un trabajo que antes hacía el vínculo. Les da un lugar. Les da reconocimiento. Les da una forma de existir sin tener que mostrar fragilidad.
Algo que ya forma parte de su vida cotidiana
Las familias lo ven en detalles que, por separado, podrían parecer insignificantes. El chico que evita quitarse la camiseta. El que cambia su forma de comer. El que se mira constantemente en el espejo. El que sigue perfiles donde el único tema es el cuerpo.
No todos desarrollarán un problema grave o clínico. Pero el malestar forma parte de la experiencia de muchos de ellos.
Y entenderlo exige mirar más allá del gimnasio. Tiene que ver con el lugar que el cuerpo ha pasado a ocupar en la construcción de su identidad.
Podemos seguir interpretándolo como una moda fitness adolescente. O podemos asumir que el cuerpo se ha convertido en un campo de batalla silencioso también para ellos.
En el próximo artículo entraré en qué podemos hacer familias, docentes y profesionales que acompañamos a adolescentes.



