El dilema que nadie nos contó
Has educado a tu hija desde el feminismo. Le has leído cuentos sobre diversidad corporal, le has explicado qué son los estereotipos de género, le has enseñado a identificar situaciones cotidianas sexistas. Has sido consciente, coherente, constante.
Y funciona. Durante años, funciona.
Hasta que llega la adolescencia. Ahora pasa horas viendo tutoriales de maquillaje, escucha canciones que romantizan relaciones tóxicas, su carta a los Reyes Magos es solo de gadgets que “mejoran” la apariencia física, etc.
Y tú te preguntas: ¿Qué ha pasado? ¿He fracasado como madre feminista?
La respuesta corta es: no.
La respuesta larga es este artículo.
Porque lo que estás viviendo no es un fracaso. Es una de las etapas más complejas, y quizás menos habladas, de educar en feminismo: el momento en que tus hijas necesitan separarse de ti para construir su propia identidad. Y esa separación, a menudo, pasa por hacer exactamente lo contrario de lo que les has enseñado.
De querer cambiar el mundo a querer formar parte de él
Cuando son pequeñas, muchas niñas educadas en feminismo tienen una mirada crítica clara. Cuestionan los estereotipos, rechazan los roles de género, defienden la igualdad con convicción.
Pero al entrar en la adolescencia, algo cambia.
De pronto, la necesidad de pertenecer es más importante que la de transformar.
Ya no quieren ser diferentes. Quieren encajar. Y para encajar, necesitan hablar el mismo idioma que su grupo: la ropa que se lleva, la música que se escucha, el maquillaje que se usa, los referentes que se admiran.
Y muchas veces, ese idioma está cargado de mensajes que contradicen todo lo que les hemos enseñado.
Esto no significa que hayan olvidado lo que aprendieron. Significa que ahora tienen otras prioridades. Y esas prioridades son legítimas, aunque no nos gusten.
El cerebro adolescente
Durante la adolescencia, el cerebro funciona diferente. El lóbulo prefrontal (la parte del cerebro responsable de la planificación, el análisis de consecuencias y el control de impulsos) aún está en desarrollo. No estará completamente maduro hasta los 25 años aproximadamente.
Mientras tanto, la amígdala (la parte emocional del cerebro) está especialmente activa. Esto significa que durante esta etapa:
- La emoción domina a la razón. Las decisiones se toman más por cómo se sienten en el momento que por un análisis de consecuencias a largo plazo.
- Buscan experiencias nuevas y recompensas rápidas. El cerebro adolescente está programado para explorar, probar, experimentar.
- Son hipersensibles a la presión del grupo. La necesidad de pertenecer y ser aceptadas es biológicamente más fuerte que en cualquier otra etapa de la vida.
- Les atrae lo prohibido o lo socialmente valorado. Porque les ayuda a diferenciarse de sus referentes adultos (nosotras) y a construir su propia identidad.
- Reaccionan rápido, con menos análisis previo. La impulsividad no es rebeldía: es desarrollo cerebral.
Y el sistema capitalista, consumista y patriarcal lo sabe.
La industria de la belleza, la moda, las redes sociales, el marketing… todo está diseñado para aprovechar esta ventana de vulnerabilidad. Saben que es el momento perfecto para convertir inseguridades en consumo, y presión social en negocio.
Por eso TikTok está repleto de tutoriales de skincare para niñas de 12 años. Por eso Sephora tiene productos «antiarrugas» dirigidos a adolescentes. Por eso las marcas de ropa venden crop tops en talla infantil.
La pregunta que lo cambia todo
En medio de esta tensión, hay una pregunta que puede ayudarnos a reposicionarnos:
¿Qué priorizo: mi forma de ver el mundo o el vínculo con mi hija?
Esta pregunta es incómoda porque implica una renuncia.
Si priorizas tu forma de ver el mundo, te mantendrás firme en tus convicciones, pero corres el riesgo de que ella se cierre, se aleje, y deje de confiar en ti.
Si priorizas el vínculo, deberás acompañarla en decisiones que no compartes, sostener la incomodidad de verla hacer cosas que se alejan radicalmente de prácticas feministas, y confiar en que el trabajo de años no se ha perdido.
Puede que algunas madres feministas elijamos, instintivamente, la primera opción. Porque hemos luchado mucho, y porque creemos en lo que defendemos.
Pero aquí está la trampa: al elegir tener razón, perdemos la conexión. Y sin conexión, no hay acompañamiento posible.
¿Esto significa rendirse?
No.
No se trata de dejar que haga lo que quiera sin más. No se trata de callarte y mirar para otro lado.
Se trata de cambiar la posición desde la que acompañas.
En lugar de ser su jueza, ser su lugar seguro. No corregirla constantemente, sino escucharla. Y en vez de señalar todo lo que hace mal, confiar en que las raíces que plantaste siguen ahí, aunque ahora no las veas.
Porque si la juzgas, se cierra. Pero si mantienes el vínculo, cuando esté lista para cuestionar lo que ahora defiende, volverá a ti.
Tres claves básicas para empezar
1. No juzgar (aunque no te guste)
Puedes acompañar a tu hija sin aprobar todas sus decisiones. Estar presente sin estar de acuerdo, y sostenerla sin validar lo que hace.
Ejemplo práctico:
Tu hija quiere comprarse un top muy corto.
Reacción que aleja: «Ni de broma. Eso es cosificación pura. No te lo compro.»
Reacción que acompaña: «Entiendo que te gusta. A mí no me convence, pero sé que ahora es importante para ti. ¿Me cuentas qué te gusta de esa ropa?»
No se trata de mentir ni de fingir que te parece bien. Se trata de mantener abierto el canal de diálogo.
2. Escuchar más, sermonear menos
Cuando te cuenta algo que te preocupa (se quiere depilar, quiere ir maquillada al instituto, le gusta una canción que romantiza la violencia…), la tentación es lanzarte a explicar.
Resiste.
En lugar de eso, pregúntale cómo se siente, por qué le gusta, si ha pensado en X o Y
Las preguntas abren conversación. Los sermones la cierran.
3. Confiar en las raíces
Todo lo que le has enseñado, todas las conversaciones, todos los cuentos, todas las miradas críticas… no se han perdido. Están ahí, bajo tierra, esperando el momento adecuado para florecer.
Tu trabajo ahora no es convencerla. Es acompañarla. Sin juicio. Con presencia.
Porque puede que tu hija tenga una madre feminista. Pero ante todo, tiene una madre.
Mantra final: Educar en feminismo no garantiza que nuestras hijas tomen decisiones feministas a los 12 años.



